Tercera de San Bernardo

“Cuando empezamos a limpiar el sitio, Sergio Pérez de Arce se cayó alogo_3_backnull un pozo con excremento. Quedo hediondo”, cuenta y ríe Belarmino Pedreros. A lo que Jorge Fernández explica, “lo que pasó, es que nos estábamos instalando y levantamos la tapa del alcantarillado, la que estaba hasta el tope de… imagínese de que. Había que destapar todo eso. Entonces Sergio Pérez de Arce, me dijo que se iba a meter allí y que lo iba a destapar. Se puso unas botas y un overol. Y logró destaparlo”. Esta es una de las tantas cosas que les ocurrió a los voluntarios cuando estaban formando a la Compañía. Jorge Fernández, Caupolicán Ponce y Belarmino Pedreros cumplen, junto a la Tercera Compañía, 50 años como bomberos.

Para Caupolicán Ponce es realmente increíble llegar como uno de los fundadores a los 50 años de vida de la institución. “Con el hecho de ser un fundador uno adquiere un cariño increíble. No hay palabras, porque uno puede encariñarse con una idea, con un proyecto, con lo material”, cuenta Caupolicán P. Para Jorge F. es una alegría inmensa, ya que él siente que llegar a los 50 años es para sentirse orgulloso. “En la bomba hicimos una labor inmensa y fui muy estricto en lo que me tocaba. Éramos empeñosos”, cuenta Jorge F. En el caso de Belarmino P., quien llegó después del tres de enero, “es un gran honor haber servido a la ciudad durante tantos años, y al mismo tiempo agradecer a la divina providencia que me ha dado cierta edad para cumplir con esta etapa”, relata.

Belarmino no llegó a ser un profesional, pero dice que tuvo la suerte de entrar a la Tercera Compañía, la cual fue su gran Universidad en la vida. “Yo allí aprendí mucho, le debo lo que soy a la institución, tuve muy buenos amigos y maestros bomberos. Me cambio la vida cuando entre a los 23 años. Para mí es un orgullo. Desgraciadamente quedamos 3 de los 25 que formamos la primera vez”. Al ir siendo cada vez menos los fundadores, Caupolicán P. hace la analogía con un ser querido de la familia. “Perder a un hijo, a un hermano, a un familiar, es lo mismo que perder a un bombero, porque no por no tener lazos sanguíneos uno no va a estimar a una persona”. Y agrega, “es duro, porque ya somos contados con la mano. Se va achicando la familia”.

“En bomberos la amistad es para siempre, por eso aquí la amistad es en la vida y en la muerte. Nosotros nos seguidos saludando de abrazos. Y eso es, porque uno no sabe si va a volver después de darle un abrazo a un amigo. Entonces, el cumplir 50 años en esto te da más fuerza”, medita Caupolicán. A lo que agrega, “a medida que van pasando los años uno tiene menos tiempo, por lo tanto lo que queda hay que vivirlo a concho, hay que aprovechar el tiempo”.

Cuando Jorge Fernández escucha la palabra Tercera, lo primero que se le pasa por la mente es que la fundó con un grupo de amigos en el club social. El tres de enero, hubo un incendio en la madrugada, en la calle Covadonga. “Ese día, almorzamos en el club un grupo de amigos, de los que varios habíamos sido bomberos, como Jorge F. que fue de la 2ª, Pérez de Arce de Concepción, yo de la primera. Entonces había interés por el tema, del que conversamos en la tarde. Hablamos sobre lo que se había quemado, quién era el dueño y cosas por el estilo. En eso alguien lanzó la idea de que formáramos otra compañía. Y enganchamos altiro”, relata Caupolicán P. Jorge F. explica, “como yo ya había sido bombero en la Segunda, me gustó la idea. Entonces los 4 o 5 que estábamos allí, fuimos a un salón del club y nombramos un directorio provisorio. Fijamos una cuota de 500 escudos. Incluso el mozo Juanito pago, por lo que prácticamente él también es un fundador”. Muchos de los de la lista no fueron bomberos, pero ayudaron a que se formara la compañía.

Caupolicán Ponce piensa que hace ya tiempo que se necesitaba una nueva compañía, porque pasaron muchos años de ínter tanto. “Ese tiempo de diferencia es muy importante, porque para las demás compañías pasaron como si no se hubieran dado cuenta. Es por eso, que la Tercera dio un paso con la modernización. Los demás estaban acostumbrados al sistema de dirigir los incendios y al Cuerpo. Pero cuando nace nuestra Compañía, se produce un equilibrio, del cual éramos dueños. Nosotros pasamos a comandar la cosa”. Y completa, “elegíamos para donde irnos, como por ejemplo con la compañía que íbamos a formar el directorio”.

Cuartel, voluntarios y carro

Para poner formar como compañía los futuros Tercerinos, estuvieron dos años preparándose. Belarmino P. cuenta que ese tiempo fue maravilloso, pero también difícil, porque el Cuerpo de San Bernardo les exigió un cuartel, un carro bomba y una veintena de bomberos con uniformes de parada y de trabajo. “Es factible escribirlo, pero con cero pesos en el bolsillo cambia”, dice Ponce. “A nosotros nos costó mucho entrar, porque las demás compañías no nos veían con buenos ojos. Todo lo que nos exigieron, lo tuvimos que hacer con nuestros propios medios. El Cuerpo de Bomberos no nos dio ni una chaucha”, relata Jorge F.

El terreno lo compraron a un escudo, ya que no podía ser regalado, por un asunto legal. “Después alguien dijo que si íbamos a comprar un carro, tenía que ser nuevo. Por cosas de ese estilo, se dijo que esta compañía había nacido con pantalones largos”, cuenta el fundador Fernández.

Antes el sitio había sido de la escuela de infantería. Pero el terreno no estaba en buenas condiciones. “Esto era una inmundicia, porque era la parte en donde los antiguos habitantes botaban los desperdicios de los baños y de la cocina”, narra Ponce. Belarmino cuenta que para pasar las horas Manuel Lisbona llevaba salame y chacolí -un vino. “Cuando empezamos a limpiar el sitio, Sergio Pérez de Arce, era voluntario de la Primera, él se cayó a un pozo con excremento. Quedo hediondo”, cuenta y ríe Pedreros. A lo que Jorge F., explica, “lo que pasó, es que nos estábamos instalando y levantamos la tapa del alcantarillado, la que estaba hasta el tope de… imagínese de que. Había que destapar todo eso. Entonces Sergio Pérez de Arce, me dijo que se iba a meter allí y que lo iba a destapar. Se puso unas botas y un overol. Y logró destaparlo”. Jorge F. también cuenta que al lado del cuartel estaba la cárcel, y que con el alcalde acordaron hacer un jardín. “El tipo era tan entusiasta que le pusimos el bombero jardinero, porque formaba y hasta pasaba lista con nosotros. Como él nos cuidaba el pasto en gratitud, dos o tres veces fuimos y lavábamos la cárcel por dentro con las tiras de 70mm. Esas cosas eran entretenidas.

Fue en ese período cuando los aspirantes a voluntarios tuvieron las primeras instrucciones militares, que las hizo un carabinero. “Teníamos que ir casi todas las noches a Colón con Urmeneta para que nos hicieran instrucción. Muchos éramos medios tarados, no teníamos ni idea. Incluso, cuando ya estábamos dando una especie de examen, íbamos uno por uno con las órdenes y los pasos. En eso, nadie se dio cuenta que el voluntario Podadera estaba con el casco al revés. Fue una risotada en general, pero se tomó como algo agradable”, relata Belarmino. Jorge cuenta que allí les enseñaron a desfilar, a tomar el estandarte, a saludar. “Por eso la disciplina es parte de todo esto. Yo siempre fui muy estricto, fui muy exagerado. Cuando desfilábamos se notaba mucho la diferencia: unos se perdían en el paso, otros iban muy abiertos o muy cerrados. Entonces, eso lo trate de evitar trayendo a un instructor militar”, dice Jorge F. “Era tanto mi gusto de ser bombero, que cuando estaba a cargo del Cuerpo, me gustaba que desfiláramos lo mejor posible. Un día cite al Cuerpo, y puse una marcha para practicar el desfile, para acostumbrarlos al compás”, ejemplifica. Y cuenta otra experiencia, “cuando era Segundo Comandante, la Primera Compañía no me tragaba, y en un desfile, sólo formaron cuatro voluntarios de esa Compañía. Los hice desfilar de todas formas, ellos hicieron el ridículo. Así, demostré que la disciplina no se quiebra”.

A los dos años, los formadores de la Tercera cumplieron con las exigencias. Todo se logró, porque en ese tiempo hacían beneficios y actividades para recaudar dinero. Una de las acciones que más aporto, fue la lotería en la plaza. Todas las tardes se nombraban comisiones. Lo hicieron los dos meses de verano desde las 7 de la tarde hasta como las 12 de la noche, porque esperaban que terminara la última función del cine. “Era como estar citado para una academia: acarreando las cosas, llevándolas, sacándolas, juntando la plata. Eso que ganábamos como dos chauchas. También, se obtuvo dinero por contactos de gente muy buena, de comerciantes casi todos españoles”, relata Caupolicán. Y explica, “eso influenció a que la compañía fuera Chile-España, con la aspiración de que el gobierno de su majestad el Rey, en algún momento nos reconociera como tal”.

 

En busca de la Meche

El primer carro, al que le pusieron “La Menche”, lo fueron a buscar a Valparaíso. Ese día iba manejando Rafael Pérez de Arce. Los Decimos de aquel lugar recibieron a los Tercerinos, sacaron el carro de la aduana y les evitaron aquellos gastos. Además le pusieron petróleo a la máquina para poder traerla a San Bernardo.
Jorge Fernández, quien fue uno de los que fue a buscar a la Menche, explica “nos ayudó mucho la Décima Compañía de Valparaíso, porque dos de sus voluntarios trabajaban en la aduana. Entonces, nos facilitaron bastante la salida del carro. Como estábamos tan entusiasmados nos fuimos lo más rápido posible, pero en el camino nos pararon para avisarnos que faltaba firmar la autorización de la aduana. Por lo que tuvimos que volver, pero los de la Décima nos ayudaron, incluso pagaron unas cosas por nosotros. En agradecimiento, se me ocurrió hacer un canje de amistad con la aquella compañía”.

“Ese día fue maravilloso. Fue una novedad”, recuerda Belarmino. Pero no se pudo dejar el carro en el terreno de la Tercera. “Lo tuvimos que dejar en el cuartel de la Primera. Allí querían morirse con el tremendo carro. Nos creíamos el hoyo del queque”, cuenta Caupolicán. “Nosotros trajimos un carro muy completo, con sistemas que aquí no habían. “Esto lo recuerdo con cariño, porque los demás carros que tuvimos eran como gratis, no fue con esfuerzo. A la Meche la adorábamos. La alabábamos”, cuenta Ponce.

El 12 de octubre se hizo la ceremonia en la plaza y se realizó una comida en el Hotel Plaza, donde actualmente está la gobernación. “Luego empezamos a hacer reuniones en el cuartel de la 1ª y en el de la 2ª. Picábamos en distintas partes, hasta que se pudo estar en nuestro cuartel”, cuenta Pedreros, quien fue el bombero que gano las primeras cuatro asistencias de la compañía. La quinta la obtuvo Guido Cuesta, porque Belarmino se fue de vacaciones en el verano.

En el 56`, a la comandancia se le ocurrió que la competencia, que sé hacia todos los años, fuera de agua. Por lo tanto iban a competir la 1ª y la 3ª. “Nosotros, siendo la primera vez que participábamos y a meses de habernos formado, ganamos. Allí, vinieron los problemas, incluso tuvimos que sacar el carro de la primera”, recuerda Pedreros.
Cuando la sirena sonaba, se llenaba el cuartel. Los voluntarios ferroviarios, llegaban en motoneta a los llamados, porque les daban permiso para salir. “Llegaba la media patota en moto, como Carlos Álvarez y Zamora. Otros corrían y los demás vivíamos cerca. Con el voluntario Podadera, éramos locos por los bomberos. Vivíamos en pleno centro, cerca de la 1 y 2ª y además éramos amigos”, cuenta Pedreros. A lo que añade, “antes era como una fantasía ser bombero. En las noches aparecía uno corriendo por acá, otro por allá afirmándose los pantalones. Todos atentos al llamado de la sirena. Cuando eran tres llamados era en San Bernardo. Cuando eran afuera, se tocaban campanazos”.

 

Ser más y ser buenos

Jorge Fernández desea traspasar su experiencia a los voluntarios activos contándoles que cuando uno entra, lo hace siendo el último, pero que hay que mirar para llegar a ser el primero. “Hay que esforzarse, aprender, estudiar, demostrar que uno es capaz y no quedarse toda la vida pegado. Yo siempre inculque que uno tiene que superase, como yo lo hice, para poder llegar arriba. Con entusiasmo”, piensa Jorge. En el caso de Caupolicán Ponce, él dice que hay mucho por hacer, que lo que existe no llego del cielo. “tiene que llegar gente que le tenga cariño a la institución. Ellos tienen que pensar qué son los bomberos: eso es ayudar al desvalido, al que está en desgracia. No es venir a socializar. Qué es un incendio, un llamado: una persona en peligro, sus bienes. Uno viene a tender la mano con el pitón. El carro bomba es el que tira el agua. Una escala es para salvar vidas. Todas las cosas son símbolos. Querer esos pequeños detalles, proteger el carro: ese es mi cuento. Que la compañía se mantenga y que sea con buena gente. Con compañerismo y con lealtad”, comenta Ponce.

Jorge Fernández ve bien a la Tercera, a pesar de que no pasa por allí hace mucho. “Pero cuando he pasado los voluntarios dejan de hacer sus actividades y me dicen buenas tardes mi Fundador. Esas cosas son emotivas. El respeto es lo más esencial”, cree Jorge. Él no se arrepiente de nada. “Al contrario. Estoy orgulloso de la labor cumplida, de haber formado una compañía a nuestro gusto”, relata Jorge F.

Extracto de reportaje escrito por María José Goecke M. de revista del cincuentenario.

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